Claudia C asked:


¿Cuales fueron los factores entre el siglo XIV y XVII que pusieron en crisis a la universidad medieval? ¿que reformas cambio napoleon ? ¿ Por que implica aunar saber con saber hacer?

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2 comentarios para “¿Cuales son los dos modelos universitarios fundamentales en el medievo?”

  • akyanything dice:

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    Te dejo un pedacito.

    El apogeo de la universidad medieval coincide con la profesionalización de ciertas actividades, para las cuales llegó a ser indispensable la posesión de una licentia extendida por las corporaciones de estudios superiores y reconocida como tal por la Iglesia y el poder civil. Desde el siglo XIII en adelante, el Estado, las instituciones y la sociedad europea exigieron certificados de competencia a quienes practicaban el Derecho y la Medicina; por otra parte, mientras la Iglesia reafirmó la importancia de los estudios teológicos, la universidad obligó a quienes aspiraban a enseñar en ella a la obtención de los grados de licenciado, maestro y doctor, que las diferentes facultades de esta misma institución otorgaban a quienes habían cumplido con éxito los requerimientos exigidos.

    A partir de ese momento, las distintas profesiones comenzaron a adquirir sus propiedades constitutivas, que no solo permanecen hasta hoy, sino que se han consolidado a través del tiempo. En primer término, solo aquellos postulantes que acrediten los méritos suficientes pueden ingresar a la universidad, lo que los hace los únicos elegibles para ocupar los cargos mejor pagados y de mayor prestigio dentro de la sociedad; en segundo lugar, todo profesional universitario debe poseer una educación teórica del más alto nivel, que le distingue de cualquier otro profesional y de cualquier otro practicante dentro de su área de trabajo. Una tercera característica de las profesiones universitarias es el derecho de los respectivos colegios profesionales a establecer las normas que regulan el ingreso a la profesión; en general, este derecho se establece a través de las relaciones entre los colegios profesionales y las facultades universitarias correspondientes, aunque también tiene importancia la posible presión del colegio sobre el Estado, con el propósito de obtener una legislación apropiada. En cuarto lugar, un elemento de gran importancia es la relación profesional-cliente. Esta relación establece la prioridad del facultativo en cuanto a cualquier decisión que afecte a su paciente. Esta propiedad de las profesiones universitarias tiene pleno significado en la práctica del Derecho y en la Medicina (1). Por último, debe destacarse una de las propiedades más importantes y características de las profesiones universitarias, cual es la de exigir y mantener el monopolio legal o de facto sobre el ejercicio de la actividad. Solo aquellos practicantes debidamente acreditados, ya sea por la universidad, por el Estado o por el colegio respectivo, pueden ejercer como profesionales.

    Este trabajo se ocupa de la enseñanza y práctica de la Medicina en la España del Renacimiento, aproximadamente entre 1450 y 1610 (2). Se estima que durante este período y coincidiendo con un fenómeno que se extiende a otros Estados europeos, la profesión médica en España y el prestigio de los médicos sufrieron un progresivo deterioro, principalmente debido a que las propiedades constitutivas de esta actividad se tornaron difusas e, incluso, fueron puestas en tela de juicio tanto por el Estado como por la sociedad. Una proposición aceptable es la obsolescencia de una teoría de la enfermedad que ya no bastaba ante las exigencias que planteaba la nueva situación histórica que vivía la sociedad europea. Este hecho, aparentemente simple, deterioró tanto la educación médica como las otras características de la profesión. Así, por ejemplo, ya no fue tan fácil defender un monopolio basado en un saber sofisticado y casi hermético, al que solamente algunos pocos iniciados tenían acceso a través de los estudios universitarios. La fragilidad de la doctrina galénica también incidió en los problemas de anomia profesional, muy visibles en algunos médicos españoles, y motivó el exilio voluntario de otros prestigiosos facultativos, que buscaron en los países del norte de Europa un ambiente más propicio a su creatividad y capacidad innovadora. También la sociedad española criticó acervamente, a veces con saña, el quehacer de sus médicos; por otra parte, el Estado, preocupado ante la aparición de nuevas epidemias y enfermedades, como, por ejemplo, la sífilis, y ante un escenario que sugería la revisión y renovación de las profesiones del área de la salud humana, intervino activamente tanto en los estudios como en el ejercicio de la profesión médica. En esta rápida enumeración de las causas de la incapacidad de la medicina hispana para renovarse a sí misma, debe incluirse, además, la notable decadencia de la universidad española y europea y, por último, pero no menos importante, la obligada moratoria en la innovación en todas las áreas del conocimiento, impuesta por la fuerte corriente de la Contrarreforma española.
    I. La herencia antigua y medieval

    A pesar de sus permanentes críticas a la práctica y el saber médico de los escolásticos, los médicos renacentistas, incluidos los facultativos españoles, no tuvieron otra vía para el fundamento de su ciencia que aceptar sin modificaciones tres concepciones teóricas básicas de la medicina antigua y medieval: en primer término, la teoría animista que explica la psicología y la fisiología humanas; en segundo lugar, la teoría de las relaciones entre el macrocosmos (el mundo en su totalidad) y el microcosmos (el hombre), que se concreta en las influencias astrales como causa y origen de ciertas patalogías y, en tercer lugar, la teoría de los humores o, mejor aún, del equilibrio de los humores, una explicación racional de la enfermedad nacida del genio griego y difundida por Galeno y sus numerosos seguidores. En particular, el animismo fue una clave para explicar las funciones del cuerpo humano y, a la vez, un verdadero obstáculo para el progreso de la fisiología, puesto que cualquier innovación o crítica a las ideas imperantes podía ser interpretada como una falta grave a la ortodoxia religiosa (3).

    Este legado teórico-místico fue, en cierta manera, contrarrestado por una segunda influencia, esta vez puramente medieval. Se trata del saber práctico, pero eficaz, de los médicos árabes y judíos, la mayor parte de los cuales ejerció la profesión en las cortes, como facultativos de los príncipes y de la nobleza. Veamos en qué consiste esta herencia intelectual.
    1. El alma

    Para los escolásticos, el hombre era un ser racional y, por ello, un ser compuesto, que compartía su carácter racional con los ángeles, pero que también poseía la animalidad de las bestias. Esto permitía definir al hombre como un “pequeño mundo”, un microcosmos. Gregorio Magno (540-604) explicaba esta peculiar situación, porque debido a que el hombre tiene existencia (esse) como las piedras, posee vida como los árboles, y es capaz de entender (discernere) como los ángeles, es correctamente conocido como un microcosmos (4).

    Los escolásticos distinguían tres clases de alma, todas ellas creaciones de Dios e inmateriales. El alma racional era la que otorgaba al hombre su peculiar posición en la escala de la Naturaleza (5), pero no era la única alma. También existían el alma vegetal y el alma sensitiva. Los poderes de la primera eran la nutrición, el crecimiento y la propagación o generación. El alma sensitiva agregaba a estos poderes la sensibilidad. El alma racional (que a veces era llamada simplemente razón) incluía los poderes de las dos almas restantes, y agregaba a ellos la capacidad de razonar (rationalis).

    Para la filosofía escolástica, la razón era la menor de las facultades que ejercía el alma racional. La facultad mayor y más importante era el intelecto. El hombre ejercía su facultad intelectual cuando era capaz de “ver” una verdad autoevidente; en cambio, el ejercicio de la razón significaba proceder paso a paso para comprobar una verdad que no era evidente por sí misma. Solo los ángeles (intelligentia) podían ver, siempre y en todo lugar, todas las verdades.

    El alma sensitiva poseía diez sentidos, cinco exteriores y cinco interiores. Los sentidos exteriores eran la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto; los interiores eran la memoria, la estimación (instinto), la imaginación, la fantasía y el sentido común. Este último término no debía confundirse con la conocida acepción de “sentido común” como una forma popular o elemental de lógica y racionalidad. La definición más aceptada en el Renacimiento era la que definía el sentido común como un elemento capaz de unificar la información que nos llega a través de los sentidos exteriores.
    2. El alma y el cuerpo

    Ante el problema de la manera en que el alma -concebida como una substancia inmaterial- puede actuar sobre la materia, los filósofos de la Baja Edad Media y el Renacimiento partieron de un principio platónico: “No es posible pasar de un extremo al otro sin pensar en un punto medio”. Esta máxima del Timeo motivó a los pensadores a interponer algún medio (tertium quid) entre el alma y el cuerpo. Este tertium quid fue el conjunto de espíritus. Se supuso que estos espíritus eran lo suficientemente materiales como para actuar sobre el cuerpo, pero al mismo tiempo tan sutiles y tenues como para actuar sobre el alma inmaterial, más o menos en la forma en que debía actuar el éter para los físicos del siglo XIX. En definitiva, los espíritus son cuerpos o substancias raras o, como John Donne expresa, “el nudo sutil que nos hace hombres” (6).

    Los espíritus surgen del torrente sanguíneo. Anglicus, en De Proprietatibus (s. XIII), señala que de la sangre, que emana del hígado, se evapora un “humo”, que al purificarse se convierte en el Espíritu Natural, que es el que empuja la sangre a través del cuerpo. Al penetrar en la cabeza, el Espíritu Natural sufre un nuevo proceso de refinación, llegando a ser el Espíritu Vital, el cual imprime vida a la sangre arterial. Al llegar al nivel del cerebro, el Espíritu Vital se sublima, convirtiéndose en Espíritu Animal (7). Este último espíritu es el que anima las sensaciones, los sentidos interiores y los movimientos voluntarios; no debe confundirse con el Alma Racional, de la cual es su instrumento, y a través del cual se relaciona con el cuerpo.
    3. El cuerpo humano

    Fue tarea de los escolásticos bajo medievales acomodar la doctrina del alma y los espíritus con la vieja teoría griega de la enfermedad: El hombre, al igual que el mundo, está hecho de cuatro contrarios. Esta es otra razón de peso para definirlo como un microcosmos (8). Los cuatro elementos que componen el cuerpo humano son los humores: la sangre (caliente y húmeda); el cólera (caliente y seco); la flema (fría y húmeda), y la melancolía (fría y seca) (9).

    La proporción en que los humores se mezclan difiere de un hombre a otro, y constituye su complexión o temperamento (temperamentum). Un hombre sano es aquel en que sus humores están en equilibrio, esto es, en una correcta proporción (10). Un hombre que experimenta ira o furia a menudo, tendrá un mal humor o temperamento. En definitiva, su temperamento está desequilibrado, imperando en él el humor colérico. Aunque el temperamento nunca es el mismo en los hombres y mujeres, las diferentes proporciones pueden agruparse en cuatro grupos principales, de acuerdo con el humor que predomina en cada uno de ellos. Así, habrá personas sanguíneas, coléricas, flemáticas y melancólicas. Tiempo después, se llegaron a identificar ciertas naciones con determinados temperamentos: mientras los mediterráneos son sanguíneos, los ingleses son mayoritariamente flemáticos, y los alemanes, coléricos. Nada de nuevo hay en esto, puesto que el mismo Hipócrates atribuía diferentes actitudes y aptitudes a los hombres, de acuerdo con la región en que habitaran (11).
    4. La salud y las influencias celestiales

    Un cuerpo de doctrina médica que luego se confundirá con una pseudociencia es la tercera teoría heredada por los médicos e intelectuales del Renacimiento. Esta teoría es más conocida como la de las influencias astrales (planetarias) en el acontecer de la humanidad. Una vez que se estableció como un fenómeno cognoscible y útil a la Medicina, se unió a los conocimientos astronómicos recopilados por caldeos, egipcios y griegos, para plasmar la astrología, la más conocida de las así llamadas “ciencias ocultas”, que encontró en el Tetrabiblos de Ptolomeo su texto fundamental. Por otra parte, los conceptos de la Física de Aristóteles afianzaron la doctrina de las influencias cósmicas y le otorgaron un cierto barniz científico.

    El concepto fundamental de la ciencia moderna es el de ley natural; todo hecho o fenómeno tiene lugar “obedeciendo” una determinada ley natural. En la ciencia medieval y renacentista, en cambio, las simpatías, antipatías y conflictos son los que definen las relaciones de la materia y son inherentes a ella. Para nosotros, una manzana cae obedeciendo a la ley de gravitación; para los medievales y renacentistas, la manzana es atraída hacia la tierra porque es parte de ella y, en consecuencia, posee fuerte afinidad (simpatía) con ella. Sir Francis Bacon indica en su Advancement of Learning que el hierro está “naturalmente inclinado a reunirse con la piedra imán” (12).

    Aparte su movimiento alrededor de la Tierra, las distintas esferas celestiales transmiten a nuestro planeta sus influencias. Según Debus, “la aceptación general de que gozaban la analogía macrocosmos-microcosmos y la gran cadena del ser justificaba la creencia en las correspondencias que existían en todos los aspectos entre el mundo celeste y el sublunar” (13). Tales creencias servían de fundamento a la aceptación generalizada de la astrología, bien nutrida por la tradición hermética, que atribuía al dios Hermes Trismegistus (el antiguo Thot de los egipcios) la sabiduría de los antiguos (14).

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    LOS MODELOS FUERON EL FRANCES Y EL ALEMAN, no fueron precisamente en el medievo sino llegando al renaciemiento, se dividieron la universidad en facultades y tambien se propusieron las escuelas de altos estudios.

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